por Andrés De Leo
No volvieron mejores. Las promesas de Alberto Fernández en campaña se van haciendo añicos con el transcurrir de su Gobierno. Y cada día se afianza el poder de Cristina Fernández de Kirchner en el direccionamiento ideológico del Gobierno a través de la sumisión de los poderes Legislativo y Judicial para garantizar su impunidad y poder avanzar en la venganza contra los argentinos que intentan poner freno a sus desmesuradas ambiciones megalómanas.
Las condiciones económicas y sociales de la Argentina se han deteriorado gravemente y las causas ya no deben atribuirse ni a la herencia recibida ni a la pandemia mundial.
Tampoco corresponde simplificar que se debe a errores básicos en las decisiones del Gobierno o a sus improvisaciones -que se han multiplicado-, ni caer en la trampa de creer que el Gobierno se consume en disputas internas, porque ya no caben dudas que es la vicepresidente, su núcleo duro y su ideología quienes mandan. Y es en esa matriz de poder donde se incuba el huevo de la serpiente.
Alberto Fernández fue elegido candidato a Presidente para captar los votos necesarios de los sectores moderados de la clase media. Muchos ingenuamente se ilusionaron con un corrimiento hacia el centro del neokirchnerismo, con la idea de que la vicepresidente se conformaría con que se le garantice tranquilidad en sus causas judiciales y con Alberto Fernández junto a la liga de Gobernadores consolidando su poder, dejando a Cristina en el oscuro ostracismo del Senado. Ilusos.
El kirchnerismo viene a profundizar su plan interrumpido en 2015: la suma del poder público con una fachada de institucionalidad, así como ocurrió en la Santa Cruz que gobiernan desde la década del 90. La idea no es correrse hacia el centro moderado sino lo inverso. Arrastrar a sectores moderados hacia el extremo en un modelo de país con un Estado excluyente, autoritario y corrompido, capaz de condicionar la vida de los argentinos bajo su dependencia directa o indirecta. Para ello necesitan doblegar a los poderes independientes y a la ciudadanía que lucha por resistir. Y el camino se profundiza a través de los aumentos de impuestos, el desdoblamiento cambiario que deja un dólar de $ 79 a la producción pero a más de $ 140 para los argentinos, quedándose con la diferencia el Gobierno -y más adelante sus empresarios amigos, como ya ocurrió entre 2012 y 2015-, con menos federalismo y más discrecionalidad en la distribución de recursos, castigando a los adversarios y sometiendo a los propios.
Por eso es que vamos a un escenario de “cuanto peor, mejor”. Porque la crisis, el conflicto y la confrontación son los argumentos que utilizan para tomar las decisiones. Con la pandemia restringieron libertades básicas, se pretenden aumentar impuestos y destruyeron la economía para poner al Estado en la centralidad de la supervivencia de los argentinos, realizar una emisión descontrolada de dinero que discrecionalmente favoreció al gobernador Axel Kicillof, quien a su vez también cuenta con esa discrecionalidad frente a los Intendentes de la Provincia de Buenos Aires: Con la crisis de los reclamos policiales, se le quitaron fondos a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y ahora van por más.
Hablan de desigualdad y de opulencia. Sin embargo, las causas de la desigualdad no sólo van a perdurar, sino que se van a acentuar. Porque el camino es de igualar para abajo, el del empobrecimiento. Porque el único camino para el progreso es a través de laproducción yel trabajo.
Sin producción, la distribución es una mera ilusión. Sin libertad, sin incentivos y sin meritocracia, la Argentina va camino hacia un abismo. En 2021 tenemos la oportunidad de ponerle un freno.

